LA IMAGEN ROTA

A BILINGUAL PAGE TO COLLECT AND DISCUSS COMMENTS ABOUT FILMS, THEATER AND ART AND SOME POLITICS. ENGLISH/SPANISH

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Thursday, March 13, 2014

VILLA MISERIA


Villa Miseria (Spanish Edition) Paperback – November 14, 2006 by Sergio Giral
Amazon – Lulu.com Paperback $14.05

Villa Miseria es algo más que una pensión para cineastas y artistas bohemios en el barrio habanero del Vedado. En ella -y en los personajes que por ella transitan- el autor ve la metáfora de la erosión y el deterioro de una nación entera bajo la dictadura de Fidel Castro. Unos vegetan, otros mueren y algunos afortunados escapan a su inevitable derrumbe, pero sus quebradas estructuras y cimientos sobreviven contra viento y marea, desafiando cualquier pronóstico.

Monday, November 11, 2013

YO TOQUE CON WINSTON MARSALI

Por Armando Dorrego
Qué cosa el tiempo,  eh????, de cómo va pasando y  uno va ingiriendo, inconscientemente, ese antídoto contra el pasado,  los buenos y malos recuerdos, los lugares donde uno vivió o viajó….las fotos, la familia, los abuelos, los amigos ….pero de pronto un día una va desesperadamente en busca de eso que mantuvo encubado y a veces encuentra respuestas  humanas que superan nuestras expectaciones ….
Fuimos a New York la semana pasada, un largo fin de semana desde el jueves a Lunes. El nieto de Sergio fue el protagonista del viaje y no New York , el trabaja en un hotel recibiendo a los huéspedes (“Yotel” Hotel en  la 42 y la 10 Ave) nos consiguió allí a precio de posada, maravilloso hotel, de lujo, minimalista, tecnológico, con ciertos toques de época para epatar a los jóvenes como un striptease que todos esperaban  a las 6 la tarde a lo cabaret alemán ; una chica anémica a los años 30, bailaba sobre las mesas hasta quedar en armiño, pero lo más importante no fue la confortable suite con balcón, ni los  bambúes de la terrazas con luces indirectas, ni los  cristales transparentes, lo interesante  fue el reencuentro de Sergio con el Nieto,
El nieto  nos fue a buscar al aeropuerto con la novia, una chica irlandesa- italiana, que después la confundimos con la modelo que se desnudaba, pero no, no era ella, la Stripper tenía más ojeras, mas calle… esta  trabaja en un restaurante Francés en Chelsea, una zona totalmente de moda, no se si han estado, cafecitos, boutique,  etc. ….fuimos con el nieto invitados al restaurante  francés y comimos un pato maravilloso y el vino y los postres todo el que queríamos sin pagar… después  lo invitamos a escuchar jazz en un bar del Village y  ahí salió todo. El nieto descubrió que tenía algo en común con Sergio: el Jazz, se retrataron, Sergio intento algunas veces tocar el pasado pero el nieto no quiso o esquivo y menciono algunas cosas tristes dichas con alegría  sin resquemores, ni deudas.
La noche siguiente siguió  llamándonos, estábamos preocupados, mas Sergio que yo,  porque pensaba  que  esa insistencia  podría envolverlo   en una deuda emocional o sentimental que  a estas alturas  no estaba dispuesto a pagar, lo convencí que no, que era una necesidad afectiva lo que se notaba a gritos  
después de un largo día  recorriendo el barrio italiano, luego  el hindú, donde almorzamos y después comparamos en una tienda tres  maravillosas estolas  para sustituir Lukas que hace como 7 años compramos allí mismo, esas estolas de cachemir las tiramos en los sofás y nos tapamos con ella, donde único la hemos visto es allí  ya las que teníamos estaban muy viejas y quemadas de cigarro de cuando fumaba.
A pesar del asedio, le contestamos el teléfono(yo) al nieto que  quería vernos cuando terminara el trabajo y llevarnos a escuchar jazz otra vez, a nosotros nos gusta el jazz, pero no estábamos dispuesto a gastar el poco dinero que tenemos en clubes de Jazz,  no era para tanto, pero hubo necesidad de decirle eso pues él nos invitaba a un lugar maravilloso que ya había reservado y donde tocaría un músico famoso que él conocía   le dijimos que lo dejara para el día siguiente, nos dijo que cambiaria la reservación pues el tal músico también iba a estar el Domingo, en fin que le  propusimos vernos en la habitación cuando terminara, nos dijo que  iría más tarde la novia;
De regreso por Lexington compramos vinos y quesos y llegamos molidos; dormimos desde la 7 hasta las  las 11 que nos despertaron los toques de la puerta; era el nieto solo; llego con  una botella champagne, un abridor de corcho  que después le  causo tremendo dolor de cabeza a Sergio en el aeropuerto pues pensaban que era un navaja y aquello no aparecía…en fin que se lo devolvieron, también trajo un robot de juguete en una cajita; movió  las sillas de la terraza a la salita , como si el viviera también en la suite; dijo que quería tomar primero algo de whisky, Sergio lleno su vaso yo me serví  vino, y puso música en el programa Pandora de su I Pod,  lo conectó del plasma de la salita; por supuesto jazz y tocado por un músico que nos mencionó y no conocíamos  Ahí comenzó la idea para el supuesto  guion
El nieto nos conto que cuando tenia aproximadamente 12 años  un día en una clase de arte; la profesora conversaba con ellos   sobre el jazz,  a raíz de que un músico famoso vendría a tocar al teatro de la escuela el fin de semana,  la profesora pregunto a los alumnos quienes de la banda estaría dispuesto a acompañar a Winston Marsalis; en las baterías el nieto de Sergio levanto la mano y quedo finalista para tocar con el músico   cuando termino  el turno, la profesora se quedo con el , converso con el entre otros temas sobre jazz afrocubano; y el nieto dijo que su abuelo era cubano y que era director de cine, la profesora le pregunto el nombre del abuelo y cuando el  nieto le dijo el nombre; la profesora se sorprendió y se admiro porque conocía al abuelo, se  lo habían presentado  cuando exhibieron  una retrospectiva de películas cubanas en el Lincoln Center, donde   había visto una de sus películas sobre la esclavitud, más que la sorpresa de  la profesora, fue la emoción del nieto al descubrir que la profesora, su profesora querida de arte y música,  conocía a su abuelo
Propuse que eso era un buen tema para un guion y lance el titulo “ Yo toque con Winston Marsalis “ y entre vinos y whiskys , forzamos a Sergio esa noche en la habitación a que participara en la discusión de proyecto. Fue una manera de que el nieto le expresara  sus sentimientos a su abuelo. El nieto  le dio vida l personaje del abuelo y lo convirtió en un viejo saxofonista venido a menos; que había sido rescatado por un productor musical en Miami para que viniera a un concierto de Jazz en NY. El abuelo sabia de la existencia de un nieto en Manhattan y de ahí comienzan los enfrentamientos y confrontaciones generacionales de un viejo y un joven newyorquino de origen también hispano que no habla una palabra en español. El abuelo y el nieto saben perfectamente quienes son, pero no dan su brazo a torcer y se cuentan cosas de sus vidas, que dan pie a conocerse íntimamente; era de cagarse de la risa; porque en la medida que pasaban las horas y subía el nivel de alcohol, Sergio se fue metiendo en la historia al punto que discutía con el nieto como si realmente estuviera frente a un guionista enviado para hacer una película en Hollywood,
La novia no fue…el no quiso
Al otro día siguió el asedio, el nieto no hablo del guion, estaba medio avergonzado, yo provoque  , pero encontré muy poca receptividad  Fuimos al club de jazz que había reservado, también la novia podría ser un impedimento para seguir desbordando la imaginación, el jazz era bueno, el Jack Daniel con ginger ale también, el trago que el nos invito….hubo una única y gran frustración en toda esta historia , nos quedamos hasta las dos de la mañana esperando a  Winston Marsalis, y el tipo no apareció….se sumo a la mesa la irlandesa madre de la novia  y nos divertimos muchísimo…cuando salimos él se quedo conmigo y me habló sin drama.
- Me quedé como cuando esperaba por mi abuelo de niño y no venia _  

Thursday, March 10, 2011

UNA TAZA DE CAFÉ PARA MAMÁ
Por Sergio Giral

Cuando uno es niño sus cosas ocupan muy poco lugar, es por eso que mamá lo había puesto todo en una sola maleta, aparte de un pequeño maletín que yo llevaba con lo necesario para el viaje.
Cuando llegamos al aeropuerto, en la sala de espera, vi hombres y mujeres encopetados que esperaban para ser llamados por las autoridades. Fueron pasando uno a uno antes que nosotros. Las mujeres llevaban pieles de zorros a pesar del calor que reinaba en el lugar. Pensé que quizás se trataba de una moda que obligaba a padecer. Mi madre también llevaba una piel de zorro, pero en su caso la dispensé porque se trataba de prepararse para el invierno que nos aguardaba.
Subimos al Clipper de Pan American que nos llevaría a la primera escala de nuestro viaje. El avión era largo y espacioso y al final, en la cola, no lejos de donde nosotros estábamos, había un foyer con butacas y un sofá de cuero oscuro alrededor de una mesa circular de cristal. Fue allí donde lo conocí, digo, donde lo vi por primera vez.
Cuando el avión despegó me regocijé con esa sensación que produce la ruptura de la gravedad. Me resultó algo emocionante. Lástima que con el tiempo esa sorpresa se convirtiera en miedo y extrañas premoniciones.
Al rato, cuando nos quitamos los cinturones de seguridad, quise moverme, como cualquier otro niño de diez años de edad. Mi madre lo permitió y fui directamente donde los butacones de cuero, como si un imán me atrajera. Me senté en el largo sofá y me arrellané, disfrutando la buena acogida del cuero. Miré a mi lado y vi a una mujer flaca que fumaba y miraba nerviosamente las nubes por las ventanillas ovaladas. Miré al otro lado y descubrí a un hombre corpulento, de rostro encendido y barba blanca, que bebía lentamente de una copa. El hombre me miró y me sonrió. Me dio la impresión de que estaba muy solo, no en el viaje, sino en su vida. Yo, al menos, viajaba con mi madre.
Al rato, el hombre pidió otra copa al camarero y comenzó a beberla como la primera. Yo lo miré de nuevo, él me volvió a sonreír y esta vez me habló:
-Hey, kid, what’s your name? (Eh, niño, ¿cómo te llamas?)
-My name is Tony. (Mi nombre es Tony).
-Oh, god, I see you understand English. (Oh, Dios, veo que entiendes inglés)
-Yes, I do. Some. (Sí. Algo).
-But you are a Cuban. Aren’t you? (Pero eres cubano, ¿no?)
-Yes, I am. (Sí, lo soy)
-Then, how comes a child like you speak English? (Entonces, ¿cómo se explica que un niño como tú hable inglés?)
-Well, my mother is American, although she doesn’t speak English. I have learned in school, and my father, who is a Cuban has also taught me. (Bueno, mi madre es americana, aunque ella no habla inglés. Yo lo he aprendido en la escuela y mi padre, que es cubano, también me lo ha enseñado). )
-Fine, very fine. And your mother, who is she? (Bien, muy bien. ¿Y quién es tu mamá?)
Yo señalé el asiento de mi madre, que sólo permitía verle un codo. El hombre sonrió.
-Yes, I’ve seen her when we went on board. She is a beautiful woman. (Sí, la he visto cuando abordábamos. Es una bonita mujer).
Mi madre se volteó en su asiento, como si hubiera escuchado nuestra conversación. Me miró, sonrió y me preguntó con la dulzura que la caracterizaba:
-¿Estás bien?
Yo afirmé y el hombre apuró el trago de la copa. Ya para entonces había sentido su fuerte olor a alcohol en el aliento, pero me resultaba inofensivo, más bien agradable, elegante y fuera de lo normal. Yo observaba, su rostro enrojecido y su barba blanca, era algo así como Santa Claus.
-Tell me, can you read English? (Díme, ¿puedes leer en ingles?)
-Yes, I can. My father teaches me. (Sí puedo. Mi padre me enseña).
-Humm! -el hombre exclamó y yo añadí:
-I’ve read Mark Twain’s Hunkerberry Flyn, Tarzan Adventures, and Alice in the Wonderland. All in English. (Yo he leído Hunkerberry Flyn de Mark Twain, Las aventuras de Tarzán y Alicia en el país de las maravillas. Todo en inglés).
-And how old are you? (¿Y qué edad tienes?)
-I’m eight years old, sir. (Tengo ocho años, señor).
-How comes your mother is American and she can’t teach you Englisn and your father, who is a Cuban, did it? (¿Cómo es que tu mamá siendo americana no te puede enseñar inglés y tu padre, que es cubano, lo hace?)
No hallé respuesta para su pregunta, y miré nuevamente en dirección a mi madre. Ella, como si presintiera mi turbación, sacó la cabeza por encima del asiento, nos sonrió y me dijo.
-¿No estarás molestando al señor?
El hombre se apuró en contestar con un español de fuerte acento norteño.
-No señora, no se preocupe, su hijo en un excelente muchacho.
El camarero trajo una tercera bebida, pero ésta era diferente a la primera. En vez de una copa alta en forma de embudo, donde reposaba una escarcha blanca tocada por una hojita de menta, se trataba de un vaso alto, lleno de un líquido ambarino donde flotaban unas hojas de hierbabuena enredadas en cubitos de hielo. El hombre tomo un sorbo de la bebida, la saboreó y cerró los ojos. Ya sea por cansancio o tristeza, suspiró profundamente.
El resto del viaje no lo recuerdo bien. Creo que leí unas tiras cómicas de Little Abner o Lulú que mi madre me había comprado en el aeropuerto. Cuando llegamos al final del viaje y el avión aterrizó, volví a fijarme en el hombre que parecía dormir, con el vaso vacío entre sus manazas rojas. Abrió los ojos y miró en derredor. Una voz metálica anunciaba el final del vuelo y nuestro arribo al aeropuerto de Miami. A Miami City Fla, como los cubanos solían llamarle a la ciudad.
Salimos del avión y nos acomodamos en un salón antes de pasar a Inmigración. Las señoras encopetadas conversaban alegremente con hombres de traje y corbata. Un oficial apareció en la estancia con un papel en la mano, saludó al hombre corpulento, de rostro encendido y barba blanca y lo hizo pasar el primero fuera del salón. Luego el oficial regresó y para sorpresa de las mujeres encopetadas y los señores trajeados, pronunció el nombre de mi madre y el mío. Lo acompañamos fuera del salón y ya en Inmigración, mi madre mostró nuestro pasaporte americano a un oficial que le estampó un cuño. Luego fuimos a sentarnos a una sala de espera, en unas butacas frente a la cafetería. Esperábamos el aviso del vuelo en que continuaríamos viaje hacia nuestro destino: New York.
Sentí cierta inquietud en mi madre y la miré. Ella me sonrió tristemente, abrió su bolso, extrajo una moneda y la puso en mi mano.
-Ve a la cafetería y tráeme una taza de café.
Yo me levanté, crucé la sala y entré en el lugar. Fui directamente al mostrador. Una camarera rubia y pecosa se apuró en acercarse.
-You shouldn’t be here. (No debes estar aquí).
Hablaba entre molesta y apenada.
-I just want to get some coffee for my mother. (Sólo quiero una taza de café para mi madre).
-In that case –dijo-, you should go to the other side, where it says Colored. (En ese caso, debes ir al otro lado, donde dice "de color").
Yo sabía de qué se trataba, pero un niño de diez años ya tiene su orgullo levantado y de donde yo venía no había carteles señalando donde podías y donde no. Aunque en algunos lugares pudieras y en otros no. Pero carteles no había. Sentí un ligero estremecimiento a mi lado. La mujer flaca del avión que miraba las nubes por la ventanilla ovalada, estaba allí, con un sándwich de jamón y queso en la mano y la mirada clavada en mí.
-You should go, kid. Go where you belong. (Debes ir, niño. Ve adonde tú perteneces).
La situación me irritó, miré alrededor. Los demás no se habían percatado de mi presencia. Una pareja hablaba entusiasmada y al fondo vi al hombre corpulento de barba blanca que leía un diario y tomaba sorbos de una taza de café. Salí de la cafetería con las manos vacías. Mi madre me miró con sorpresa.
-¿Y el café?
No había abierto la boca para explicar la situación, cuando una mano enorme se posó en mi hombro. Me volví para ver una suave sonrisa en su cara rojiza.
-C’mon. It goes on me. I invite you and your mother. (Vamos. Va por mí. Yo los invito a ti y a tu madre).
-But they… (Pero ellos…)
Intenté explicarme cuando el hombre hizo un gesto que restaba importancia al asunto. Yo le comuniqué la invitación a mi madre, ella sonrió y movió la cabeza en un tímido no.
-Well, tell your mother not to worry. Everybody knows me here. This is my country and I know them very well. (Bien, dígale a su mamá que no se preocupe. Aquí todo el mundo me conoce, este es mi país y los conozco muy bien).
Yo insistí con mi madre y al fin la convencí porque, a pesar de tener sólo diez años, a veces ella me escuchaba y confiaba en mis decisiones. Se levantó y seguimos al hombre corpulento al interior de la cafetería.
La camarera nos vio entrar y enseguida cambió la expresión de su rostro, de molesta y apenada a alarmada. El hombre nos señaló unos asientos en el mostrador y nos sentamos. La camarera se apuró en acercarse, llevaba una cafetera en la mano. Nerviosa le habló al hombre corpulento de barba blanca.
-Pardom me, maybe they are your friends, but they can’t be here. (Perdóneme, tal vez ellos son sus amigos, pero no pueden estar aquí).
-Yes, they are my friends. And, why can’t they be here? (Sí, ellos son mis amigos. Y ¿por qué no pueden estar aquí?)
La camarera titubeó antes de contestar. Habló casi en un susurro.
-Well, you know how things are…I really don’t care myself, but if I let them I could run into troubles with the boss, and …they should go to the colored stand. (Bien, usted sabe cómo son las cosas… A mí, por mí, no me importa, pero si los dejo puedo tener problemas con mi jefe y… ellos deben ir al sitio de la gente de color).
Una sonrisa terrible cruzó el rostro del hombre.
-But why? (Pero, ¿por qué?) -exclamó sin perder la sonrisa
La camarera titubeó una vez más, miró a su alrededor donde ya varios de los presentes nos miraban con rostros contrariados.
-Because they are colored. That’s why. (Porque ellos son de color. Por eso).
-Oh, that’s it…no, no, you are wrong, they are not. See, this lady and her cute boy are tourist, Cuban tourist. They are not black. Do you know Cuban people? They are just burned by the sun. (Oh, es eso… no, no, usted está equivocada, ellos no. Mire, esta señora y su gracioso hijo son turistas, turistas cubanos. No son negros. ¿Conoce usted a los cubanos? Solamente están quemados por el sol).
La camarera llegó a un punto de turbación muy alto y la cafetera que sostenía en una mano comenzó a temblar.
-OK, what do you want? (Está bien, ¿qué usted quiere?) -preguntó desfallecida.
Mi madre tuvo su café y yo un Chocolate Ice Cream Soda. El hombre bebió otra taza de café y regresó a su diario. Para entonces el clima de la cafetería había cambiado. El ambiente relajado y elegante que encontré al principio se había crispado. La mujer flaca se levantó de su asiento y arrojó el sándwich sin terminar en el plato. Una pareja la imitó y al pasar junto a nosotros el hombre exclamó:
-Jesus Christ! What’s happening in this country? (¡Jesucristo! ¿Qué está pasando en este país?)
Por la abertura que daba a la cocina vi asomarse las caras negras de dos cocineros que nos miraban con ojos desorbitados. Luego desaparecieron sin hacer comentarios. Al final de nuestra estancia en el lugar, solo quedábamos el hombre, mi madre, yo y la camarera. Los demás no habían podido soportar nuestra presencia. El hombre corpulento pidió la cuenta a la camarera que se apuró en traerla. Pagó y le dejó una buena propina, que la mujer pecosa recibió con una sonrisa entre tímida y alarmada.
-Do you read? (¿Usted lee?) -preguntó de cuajo a la mujer.
Ella pareció perderse por unos instantes, titubeó y dijo.
-I read the Bible and the newspaper. (Leo la Biblia y los periódicos).
-Can you read Spanish? (¿Puede leer en español) -preguntó el hombre.
-No, I can’t. (No, no puedo).
-Look -exclamó el hombre corpulento de barba blanca, señalándome con un dedo enorme-, -this kid reads Mark Twain, Richard Boroughs and L. Frank Baum in English and he is only eight. (Mire, este niño lee a Mark Twain, Richard Boroughs y L. Frank Baum en inglés y sólo tiene ocho años).
Se levantó de su asiento y nos invitó a imitarlo. Abandonamos la cafetería y justo en la puerta sacó un libro de su maletín, me lo entregó y se despidió con una sonrisa, esta vez amable y fresca. Desapareció entre los viajeros, llevando el diario bajo el brazo. Leí el título en la carátula del libro y el nombre de su autor: Fiesta, by Ernest Hemingway. Volví la cabeza hacia mi madre en busca de una explicación y ella me miró con dulzura, sonrió y me dijo:
-Si, él es Hemingway, el escritor americano.
To my mother Plácida 1911 - 2009

Wednesday, February 16, 2011

CITA DE JORGE LUIS BORGES

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

Wednesday, December 1, 2010

VIAJE A OBLIVLION
Por Sergio Giral
Sigo los pasos que dejan las huellas que me conducen a un simulacro de la actualidad. El movimiento y el gesto me aseguran y comprueban que se donde estoy y lo que hago ya ha sido hecho. Los detalles no interesan. Se aprecian en un instante una sola vez y después se olvidan. Solo los locos registran en notas apuradas los detalles del movimiento.
El movimiento es una fuga de la contemplación. Me muevo por la necesidad de superar un espacio anterior. Anteriomente inmediato. Sigo los pasos que dejan las huellas de ayer y que me conducen a un simulacro de la actualidad.
Salvar las distancias es cuestión de puntos de vista. El movimiento se produce en un conjunto de códigos y formulas acopiada durantes siglos y llevadas a la vida cotideana. Soy cotidiano. La tecnología es cotidiana a pesar del tiempo recorrido en su concepción.
Las ciudades son extrañas porque se empeñan en disitinguirse de las demás.. Simulan nuevos gesto y alteran el movimiento. Enmascaran el rostro y se pintan el cuerpo como los nativos de continentes perdidos, para distinguirse de las otras.
En la ciudad el movimiento es necesario para mantener el recuerdo activo. A veces el movimiento se interrumpe por la necesidad de superar un espacio anterior inmediato. Superar los pasos que dejan las huellas que conducen a un simulacro de la actualidad. Otras se interrumpe por causas ajenas que responde a la necesidad de otros de comprobar que la memoria se mantiene intacta..
Lugares que una vez tuvieron sentido práctico. Se les utilizó hasta la saciedad, hasta envejecerlos y poder reconstruirlos en la memoria. Objetos que integran un sistema de sobrevivencia, constantemente renovados por especialistas en el olvido. Escamoteadores del pasado. Objetos que se repiten inanimados en la memoria
Desde que el hombre inventó la rueda para eternizar el movimiento, no hubo mayor descubrimiento para atestiguar los actos repetidos en el tiempo que captar la imagen en movimiento.
El cine es un fósil vivo y palpitante. Un invento del siglo atómico. El cine es la repetición constante del acto y el gesto. La eternización del tiempo y el espacio. El ojo fijo y ajeno que nos permite reconocernos en otros.
La television es una forma de narcisismo electrónico. Un ojo doméstico y ajeno que nos mira y nos devuelve la imagen que somos y queremos ser, y nunca seremos. La televisión nos permite abandonar la concentración en la imagen y dedicarnos a otros actos. Al regreso, la imagen continua exacta e invariable.
Una foto es la mínima expresión de una imagen captada en el tiempo. La más abstracta y a la vez la más concreta forma de inmortalidad. De ella me atrajo el gesto, la expresión. Luego la necesidad de trascender en actos repetidos que conservan intacta la memoria. Repetidos continuamente con el fin de recibir el mismo mensaje anterior, que asegure donde estoy y porque he elegido ese lugar.
El espacio y el movimiento se comparten por la necesidad de vencer la distancia que nos separa de la soledad. Las distancias que nos separa de otras ciudades. Los actos y los gestos quedan grabados en la memoria o en los inventos del hombre desde los dias de la rueda.
Los dias transcurren y las temporadas cambian. Con ellas la gente comienza a comportarse de forma diferente. La gente cambia con mucha facilidad. Las alteraciones en el espacio provocan cambios en el movimiento. Una presencia nueva, extraña contradice los gestos y los actos anteriores y nos obligan a recurrir a la memoria. Reconstruir los hechos.
Resulta difícil ser observado por uno mismo. Vigilar los gestos y los movimientos a lo largo del tiempo. Una opción es la imagen reflejada en el espejo que repite los mismo gestos. Los mismos movimientos. Una imagen parcial de la realidad en terminos de tiempo y espacio.
El espejo es el mejor amigo del hombre. Nunca lo traiciona. El cine, la telvisión y la fotografía son manipulables, de resultados equívocos. Los detalles no interesan. Se aprecian en un instante una sola vez y después se olvidan. Solo los locos registran en notas apuradas los detalles del movimiento.

Wednesday, October 13, 2010

EL POGROM DE LAS MARIPOSAS
Capítulo XXXIII de la novela inédita VILLA MISERIA, de SERGIO GIRAL

EL POGROM DE LAS MARIPOSAS
Caminaba por la Avenida del Puerto. Una brisa dulzona con olor a salitre me golpeaba el rostro. Los rayos del sol caían oblicuos sobre la ciudad y ya no atentaban contra sus habitantes. El trozo de muralla se mostraba sin altivez, residuo de una ciudad fortificada en tiempos de piratas y malandrines. El muro del malecón se mantenía impávido al paso del tiempo y de las olas que lo golpeaban con saña. A lo largo de la faja costera, una serie de locales cerrados o convertidos en establecimientos del gobierno recordaba los bares de putas y marineros mercantes ya desaparecidos.
Uno de estos bares me resultaba especialmente simpático. Llevaba por nombre el de nuestra primera progenitora, Eva, y su clientela, en su mayoría, la integraban marineros griegos. El bar Eva, como cualquier otro bar del puerto, tenía putas. Los marineros griegos entrelazaban los brazos para ejecutar los complicados pasos del hassapiko sobre las mesas del local, a las notas desgarradoras del laoutu y la lira cretense. La clientela de griegos con sus cantos y danzas hizo famoso al bar, sobretodo por la fama de su ambivalencia sexual.
_¡El Bugarronopolis atracó al puerto!
Era un grito de victoria entre las locas asiduas al Bar Eva..
Avanzada la noche, algunos marineros rebosantes de alcohol y la alegría que da la tierra firme y el atraso tras largas travesías, preferían las caricias de los mancebos, y partían con ellos a los hoteluchos para hombres solos.
Caminaba por el malecón, cuando tropecé con Rosa. Un mulato de breve estampa y ojos rasgados que delataban su mestizaje asiático y le ganaban el mote de, La China.. Para un timorato que guarda compostura en público, resultaba imposible tratar a Rosa, LaChina, pues sus amaneramientos eran tan excesivos, que resultaban un cartel lumínico en medio de la calle.
Nos sentamos en uno de los bancos del parque y conversamos sobre los años que llevábamos sin vernos.
_Tres, dijo ella.
Y se apresuró a narrarme la historia de su vida en esos últimos tres años.
Rosa parloteaba con avidez. Las palabras que salían de su boca eran balas de metralleta y explotaban en el aire con picardía. Sus manos eran alas de pájaro libre surcando el cielo y la sonrisa que le cruzaba el rostro le achinaba más los ojos y le daba el aspecto de una geisha. En contraste con su forma de narrar que movía a la risa cada minuto, Rosa no contaba ninguna travesura ni hacía bromas, sino relataba su odisea de prisionero en un campo de trabajo forzoso para homosexuales.
Aún no tenía la edad para ser reclutado por el ejército, cuando los militares lo arrestaron durante una de las recogidas en la heladería Coppelia. Sin acusación ni juicio, Rosa fue enviada a un campo de concentración de la eufemista “Unidad Militar de Ayuda a la Producción”. UMAP.
La travesía en camiones destartalados, duró días antes de llegar a unas remotas ciénegas de La Isla. Allí, los reclutas eran forzados a levantar las barracas que servirían de campamento. Durante los días de construcción, dormían a la intemperie, taladrados por descomunales zancudos. Una semana llevó construir el campamento. Al terminar, los reclusos tenían la piel infectada por las picadas de los insectos, y el sol que los abrasaba les levantaba ampollas y los igualaba en color y clase.
Junto a Rosa, gentes de todo tipo compartían el mismo destino. Científicos, artistas, chulos, “locas de recogidas”, practicantes de sectas religiosas, vagos, delincuentes, sabios y poetas, corrían la misma suerte. La misma desesperación. Con el paso de los días se fueron acostumbrando a la dura faena de cortar y alzar la caña de azúcar, vigilados y amenazados por las bayonetas de sus guardianes. Poco a poco los prisioneros fueron organizando su vida penitenciaria y encontrando formas de subsistencia y acomodo. En medio de tanta desgracia, las locas prisioneras no perdían la alegría de su naturaleza ni la imaginación que lograba vencer al desamparo en que se encontraban.
Por las noches en las barracas, los prisioneros empataban mosquiteros para convertirlos en largos velos. Tejían nuevos ruedos a los sombreros de yarey para simular con ellos asombrosas pamelas. Por las mañanas, cuando eran transportados a los cañaverales en carretas tiradas por bueyes, iban adornados con guirnaldas de flores y se cubrían con pamelas de ala ancha y largos velos que bailaban al viento.
Sin perder su acostumbrada gracia, Rosa narró los castigos ejemplares a que fueron sometidos por desobediencia o rebeldía. Enterrados hasta la cintura en un fanguizal y abandonados a merced de los zancudos o lacerados por bayonetas o golpeados o fusilados.
Con el tiempo, e independientemente de sus oficios y profesiones, los prisioneros se convirtieron en magníficos cortadores de caña. Se les permitió la visita de familiares y a los más cumplidores se les otorgó salidas al pueblo vecino.
Todo parecía machar bien en el campo de concentración. En la capital, intelectuales influyentes intercedían por los prisioneros, abogaban por el desmantelamiento de las unidades y la liberación de los concentrados.
Rosa mantenía relaciones íntimas con un guardia del campamento llamado Adigio. Un campesino de la región oriental de La Isla, semianalfabeto y totalmente inconsciente de su orientación sexual. El guardia le facilitaba latas de leche en conserva y otras chucherías que les eran negadas a los prisioneros y que él guardaba de su ración o robaba de las despensas del Comando Superior. Los amantes se encontraban en los surcos de los cañaverales y hacían el amor entre hormigas, serpientes y lagartos.
La pasión que Rosa despertó en Adigio lo llevó a la desgracia. Una noche, después de varias semanas planeando el evento, los prisioneros decidieron elegir y coronar a la reina del campamento. Rosa salió victoriosa y fue elegida reina, pues poseía la belleza perturbadora de Machiko Kyo en Rashomon..
Para la coronación se dispuso un entarimado frente a las hileras de camastros, de tal manera que éstos sirvieran de lunetas para presenciar el acto. Guirnaldas de siemprevivas salpicadas de flores silvestres, colgaban de una sábana a modo de telón. Dos farolas de keroseno servían de candilejas al escenario.
Las cortesanas demoraron varias horas en maquillar a la reina, bajo las indicaciones de un prisionero experto estilista, que no podía ocuparse personalmente de la toilette por haberse cortado los tendones de las muñecas con el propósito de escapar del trabajo forzoso. El maquillaje consistió en polvo de harina finamente cernido, carmín de ladrillos triturados y maybelline de hollín de carbón. El peinado a lo Maria Antonieta de Austria se mantenía erguido gracias a las espinas de pescado que le servían de peinetas.
A medianoche, Rosa se encontraba lista para la coronación. El telón se descorrió y apareció sobre el entarimado luciendo sus galas. El vestido de noche, diseñado por un prisionero, famoso modisto de la capital, estaba confeccionado con sábanas teñídas con mercuro cromo_ robado de la enfermería por un prisionero médico_. Sobre la tela brillaban mostacillas y lentejuelas entre vuelos y encajes, que llegaban a los pies calzados con tacones de raso.
De pies a cabeza, Rosa estaba deslumbrante, única en su reinado. Los invitados a la coronación aplaudieron por lo bajo, para no llamar la atención de algún guardia que podía merodear por el campamento.
Se repartió una bebida preparada con alcohol de farmacia _también robado por el prisionero médico_ ligado con jugo de caña y cocimiento de hojas de campana, una planta alucinógena que crece silvestre en los campos de La Isla. No hubo música, pero sí canciones que fueron poblando la noche de languidez y nostalgia. Rosa giraba al compás de las voces bien templadas que cantaban la zarzuela que le dio su nombre: Viéndola no cabía duda que Rosa, la China, era la más bella de todas.
De repente, un prisionero que había quedado a cargo de la vigilancia, interrumpió el festejo para avisar que los guardias venían hacia las barracas encabezados por el oficial jefe del campamento. Los prisioneros corrieron, apagaron los faroles de keroseno y se vistieron de uniforme lo más rápido que pudieron. Los militares entraron armados de fusiles y a empujones y bayonetazas los sacaron al patio.
Bajo la luna, comenzó la requisa. Los guardias arrancaron las guirnaldas del escenario, viraron los camastros, vaciaron los cajones donde los prisioneros guardaban sus pocas pertenencias, pero nada encontraron para hacer enjuicio de lo sucedido.
El oficial jefe ordenó formar filas entre amenazas e insultos. Sabía que algo ocultaban los prisioneros, se olía alguna conspiración, un acto de desobediencia, una sesión secreta de pederastas… Algo sabía por el informe de un concursante al certamen, en venganza por no haber sido elegido.
El oficial pidió un farol para alumbrar los rostros de los prisioneros y tratar de descubrir en su expresión lo que ocultaban. Los fue alumbrando uno por uno, pidiéndoles nombre y número de registro. Cuando llegó frente a Rosa, percibió algo sospechoso en el joven prisionero. Bajo el cuello del uniforme reglamentario asomaba un vuelo bordado de mostacillas. Acercó el farol al rostro y descubrió vestigios de maquillaje, que la premura del asalto no permitió borrar del todo.
_¡Aquí se está cocinando algo! –gritó– ¡Aquí hay mariconería! .
El oficial jefe del campamento hizo avanzar a Rosa fuera de la formación y le abrió la camisa del uniforme de un tirón, quedando al descubierto el escote del vestido. En un arranque de ira desgarró la tela y dejó expuestas a la vista de todos las tetas naturales del hermafrodita. De un bofetón lanzó al prisionero por tierra y comenzó a patearlo con la punta de su bota, hasta dejarlo inconsciente. Lo que ocurrió entonces, Rosa lo describe como la caída de la ciudad de Lot.
¡A la reina no!_ gritaban los prisioneros _!A la reina, no!.
La formación militar se deshizo. Los brazos gesticularon en alto y los cuerpos amagaron con avanzar. Aunque los guardias amenazaban con la punta de las bayonetas no lograban apaciguar la rebelión. Uno de los prisioneros, aventajado en estatura y fuerza _ostentaba un título nacional de lucha libre_ abrazó al oficial jefe y lo levantó en peso lejos de Rosa, que se retorcía en la tierra con el rostro lleno de heridas sangrantes.
Sin saber exactamente qué hacer, los guardias comenzaron a disparar al aire y arremetieron a bayonetazos y culatazos con los prisioneros que amenazaban con avanzar.
Al día siguiente, un lejano olor a madera quemada despertó a Rosa. Se hallaba en la enfermería y supo por su vecino de cama lo sucedido después de su desvanecimiento. Adagio, el guardia amante de Rosa, al ver al oficial golpearlo, saltó sobre su superior y compañero de armas y la emprendió a puñetazos. El resto de los guardias se agruparon en dos bandos. Los que forcejeaban con Adigio para que soltara a su presa, y los que lo perforaban a bayonetazo..
Enfurecidos por el vejamen a la reina y la destrucción de su confección prêt_à_porter, el modisto tomó una de las farolas de keroseno y la arrojó sobre un camastro. Las llamas se elevaron consumiendo rápidamente la colchoneta y el mosquitero con flores bordadas. Otros prisioneros, siguiendo el ejemplo, prendieron fuego a sus camastros y pronto la barraca fue consumida por las llamas.
Liberado del guardia amante de Rosa, que yacía moribundo en tierra, el oficial jefe corrió al puesto de mando y llamó con urgencia al Estado Mayor en busca de auxilio. Al aclarar el día llegaron los refuerzos que restablecieron el orden en el campamento, reagruparon a los prisioneros y los condujeron a pie a otra ciénega perdida en el monte. Allí fueron forzados a levantar una nueva barraca en espera de una investigación más profunda del caso.
Los heridos como Rosa, fueron trasladados a la enfermería de un campamento cercano y atendidos por enfermeros y médicos también prisioneros. El cadáver de Adigio fue arrastrado hasta un camión militar que partió para la ciudad. Y a Rosa la condenaron a los peores campamentos de la UMAP, a expiar sus pecados de por vida.
Tres años más tarde, la opinión internacional logró cortar las alambradas de púas y liberar a los prisioneros. En un discurso, el Máximo Líder se declaró en contra de los campos de concentración para homosexuales. Su propia creación.
Caía la tarde cuando Rosa concluyó su relato. Aquella odisea no le había borrado la sonrisa del rostro, que achinaba sus ojos, como máscara Ming.
_ ¿Y cómo fuiste a parar allí?
_ Porque me denunciaron.
_ ¿Y cómo fue que te denunciaron?.
_ De dedo
_ ¿Cómo de dedo?
_ A eso se le llama convicción moral.
_ ¿Y cuáles son las razones para aplicar a alguien la convicción moral?_pregunté
_Porque tiene lo que no tengo, porque un día me miró con mala cara, porque se cree superior, porque no hace guardia de milicia, ni de Comité, ni trabajo voluntario, ni va a las manifestaciones de apoyo a la Revolución, ni hace cola, ni lee el Gramma, ni delata a sus vecinos y compañeros de trabajo, ni tiene la obediencia de los cadáveres, ni se viste mal, ni huele mal, porque tiene los ojos y la mirada sabe Dios dónde, porque gusta del teatro, del ballet, aplaude a Alicia Alonso y desde las gradas del García Lorca le grita: !Perra!. Porque lo he visto andar con otro maricón, porque de chiquito le cogieron el culo, porque se lo siguen cogiendo. Porque se quiere ir del país, se escribe con su familia de Miami, compra en bolsa negra jabón de baño y papel higiénico, se lava la cabeza con shampoo y usa desodorante. No trabaja porque escribe un libro, pinta un cuadro, lee 1984 de Orwell, ve el Dr Zivago en una sesión clandestina de video, compone canciones con aires de blue, canta como Carol King, Elton John y Sinatra sin saber inglés, escucha a Celia Cruz y La Lupe, que están prohibidalos Porque sus personajes favoritos femeninos son Juana de Arco, Scarlett O’Hara, Blanche DuBois y Elena Huerta y los masculinos Monty Cliff, Liberace y Rock Hudson _que aún está vivo y nadie sabe que es gay y que se morirá de SIDA_ y Vicente Revuelta. Porque anda con Rene Ariza, con Reinaldo Arenas, con Virgilio Piñera, visita a Lezama Lima en su sillón de la vieja ciudad, conversa con Los Siete de Tebas y está Fuera del Juego, cree en Dios, va a la iglesia los domingos y se hizo “santo”. Y para llevar a cabo esta medida profiláctica se instruyó en secreto a un personal seleccionado a lo largo de La Isla y se puso en práctica un eficaz y económico sistema de delación de dedo, que te manda de cabeza para la UMAP.
Regresé a la Villa arrastrando mi frustración. Yo sabía de las persecuciones y los encarcelamientos y los procesos homofóbicos y el relato de Rosa, la China era un testimonio de primera mano imposible de soslayar. En La Isla, la mayoría ignoraba los horrores que estaban ocurriendo o simplemente los obviábamos, adormecidos en un sueño que murió al nacer. Ocultábamos nuestras calamidades, nos hacíamos creer que éramos fieles servidores al Máximo Líder. Y terminamos siendo unos miserables incapaces de levantar la voz, la mano, el puño. Incapaces de protestar, establecer una opinión. El miedo nos devoraba el alma y nos hacía cómplice del horror.

Monday, August 16, 2010

LAS CUEVAS

por Miñuca Villaverde

Los perros ladraban desde las cuevas de la Bella Mar. Más allá del túnel que las separaba del Malecón, paseo de piedras puntiagudas siempre mojadas por el agua del mar caliente y poco tempestuoso de la zona. Pero para el paseante chocaban contra ellas de forma intempestuosa. Placer de todos, incluidos los amantes que sobre unos muros de piedra desgastados por el tiempo y no reparados por los habitantes, sentábanse día a día a calmar el calor del cuerpo y del alma. Que para entonces el sexo y el alma iban de la mano. Mano caliente que se metía entre las piernas de los amantes, allí en los muros que separaban a ese mar de las calles por donde pocos autos transitaban ya.Pero los perros ladraban.Y con furia. Un barco hacía sonar en la distancia, allá en el puerto, su gemido de partida. Luego comprobó que este sonido se repetía en casa de su vecina, cuando el viejo inodoro se llenaba de agua y terminaba echando un suspiro de aire grave producto de lo deficiente de su vieja maquinaria. Pero para ella todos provenían de los barcos en donde hubiera deseado partir. ¿Que haría fuera? se preguntaba cuando oía el sonido. Tantas cosas, se respondía.Lo primero, comprarse una pintura de labios y un shampoo. Luego un sujetador o ‘ajustador’. Como oyó decir a sus familiares antes de la segunda invasión de los pobladores de las tierras de donde aprendieron su idioma. Venían de nuevo como conquistadores que una vez fueron siglos atrás. Ahora lo hacían apropiándose de negocios cuyos propietarios habían huído de una guerra ficticia que los nuevos gobernantes les creó en su mente. La guerra de que todo lo perdían, de que no eran nadie en su propia patria. Un ajustador, eso es. Con encajes y un alambre para realzarme el busto. Nada de relleno. Basta con lo que tengo. Y transparentes para que se me vean los pezones. Y una blusa bien entallada para que se peguen bien a los senos. Pero esa vendrá más tarde. Cuando encuentre trabajo.¿En qué puedo trabajar?. Puedo escribir. En mi idioma, por supuesto. O cuidar a una viejita que necesite ayuda. A los niños, no, que gustan de llorar. Como los perros que andan ahora por ahí ladrando y ladrando sin saber por qué. O es que algo sucede en las cuevas de lo que aún no nos hemos enterado. Tantas cosas pasan de las que uno ni se entera. Yo la cuidaré. A la viejita. Y le diré, ¿mi viejita, se siente bien? Y ella me dirá, claro, si siempre estoy acompañada de Dios. ¿Y ya lo ha visto?, le preguntaré. Bueno, con cada rezo siento su presencia, será su respuesta. ¿Y cómo se reza? le preguntaré. Entonces ella me enseñará los secretos de los rezos.Pero una voz de hombre nos interrumpirá. Es mi nieto. Hola, ¿cómo está?. ¿Y usted quién es?. Mi nueva asistenta. Trátala como es debido. Cuando termine pase por mi oficina, por favor.Terminaré de darle el puré a la viejita, le arreglaré su bata de dormir y sus almohadones de encaje y bordados y bajaré al piso bajo por las escaleras en caracol de puro mármol hasta llegar a la gran puerta de la oficina del nieto. Pase, me dirá desde su asiento de piel, rodeado de libreros de maderas preciosas, frente a una mesa labrada en algún estilo fastuoso y a la vez discreto. O quizás si la oficina sea tan moderna que sólo un mesa alargada de color negro y verde y unas sillas curvilíneas en una sola pieza, con estructuras de hierro, constituyan su mobiliario. Más allá, hacia un gran ventanal que cae hasta el piso blanco brillante, en parte cubierto por una alfombra blanca, o a lo mejor gris, se verán las ramas de algunos árboles todavía descubiertos de sus hojas verdes porque quizás el invierno no haya desaparecido de aquella ciudad. Detrás de las ramas se verá el gran parque, el de los ricos que patinan en hielo en el invierno en su lago helado y corren en trajes de sudar en pleno verano. O se besan en sus yerbas revolcándose sudorosos cuando aprieta el sol y sus carnes se pegan sin dejar espacio para que corra el viento entre ellas.Dígame; entraré. Siéntese, por favor.¿Es cierto que viene de ese país famoso por sus cavernas? ¿Las cuevas de la Bella Mar, por ejemplo?Por ejemplo.Sí, de allí vengo.Noto entonces que su vista va directo a mis pezones. Trataré de ocultarlos, pero no podré. Su mirada los hace crecer bajo la blusa elástica que llevo puesta. Sonrío con los labios rojos para distraer su mirada de éstos. No se apene, no los oculte, son muy bellos. Todo lo que está debajo de su blusa lo es. Pero usted no lo ha visto.No me hace falta, lo intuyo.Quizás mañana no lo intuya, le diré.¿Dejará el trabajo?No, cambiaré el atuendo.Eso es, pintura de labios, el ajustador, la blusa y unos panties. Para entonces ya me los habré comprado. Mis abuelos les llamaban bloomers, como los invasores del país. Luego se les dijo pantalones, tan grandes y llenos de tela eran. Pero luego fueron bikinis, a medida que se hacían más diminutos y las carnes explotaban bajo ellos como los que sufrieron la otra bomba, la atómica. Ahora les dicen tangas. O hilos dentales, por el pedacito de tela que corre entre las dos nalgas con sólo un triángulo de tela para tapar lo que hay debajo del ombligo. Ese me compraré. ¿De nuevo aquí?Sí, ¿por qué se va a ir, si me cuida muy bien?, dirá la viejita al nieto.Es que ayer casi me amenazó con irse.Algo le habrás dicho que la provocó.Me provocó cambiar mi forma de vestir, será mi respuesta. Ya llevo la tanga de encaje transparente. Pero no se nota. Sólo si me inclinó con el pantalón ajustado a recoger algo. Mis dos nalgas redondas y algo voluminosas, a pesar de mi delgadez, se separan como dos frutas gracias al hilo de la tela que se encaja entre ellas.Luego baje a mi despacho, debo pagarle.La gran puerta se abre y me dejará pasar.Si esos perros siguen ladrando no voy a poder terminar esta tarea. Y luego ese cañonazo de las nueve de la noche, anuncio de un apagón inminente. ¿A qué hora te dije que es el examen, abuela? En la tarde. ¿Ya comiste?No, ni tengo tiempo. ¿Por qué ladrarán tanto esta noche? ¿Habrá visitantes en las cuevas? Generalmente vienen de día. ¿Has visto lo felices que son? Vienen y te preguntan si no es un orgullo para nosotros tener semejantes cuevas y ese mar, esos arrecifes. Toman fotos de la gente por las calles, caminando, siempre caminando. Y hasta de las casas, con los inquilinos eternamente a las puertas de ellas. Unos sonríen, otros no. Pero en las fotos no queda grabado el ladrido de los perros. Ni el sonido del barco que parte cargado, dicen, de frutas. O de tabacos. No sé. Y hasta de drogas que te hacen volar hacia otros cielos. ¿Tú lo sabes, abuela? No. Y eso a tí ni te debe importar.¿Tú has ido a las cuevas, abuela? De niña me llevaron. ¿Y por qué no a mí? Eso tampoco te debe importar. Es para los visitantes. No cabe tanta gente. No se moleste, yo lo recojo.Me inclino con la facilidad que las largas caminatas me han dado y casi rozo con mis nalgas al nieto que viene a recoger el cheque que me acaba de entregar y por descuido ha resbalado hasta el piso junto a mí.Es cierto que se cambió de atuendo interior, me dirá. Este es tan breve como el otro. Sólo que deja ver más.Sólo vine a buscar el cheque. Si me permite, me voy.¿Y qué promete para mañana? Ni aquel atuendo ni este otro. Las sirenas de un auto de policía interrumpen por unos instantes el sonido lejano de los perros. Luego viene el silencio de la noche.Hasta los perros se callaron, ¿qué será? Las luces del barco que parte van desapareciendo más allá de los arrecifes, hacia el puerto. Buscan el mar abierto y las tinieblas de la noche.Qué extrano sonido se siente. Viene acercándose lentamente. Se va acumulando. Va llenando la casa como el ruido del huracán cuando empieza a batir. ¿Irá a tratar de penetrar por esa puerta como un tren en marcha, como aquel huracán que pasó entre nosotros aquel año?Abuela, por favor, déjame estudiar, que tengo un examen.Cuando usted siente a Dios junto a sí, ¿qué siente?, le preguntaré a la anciana.Una paz extraña dentro de mi cuerpo.¿Y no se asusta?A veces sí. Porque puedo irme hacia lugares lejanos, como si viajara en una alfombra mágica.¿Pero Dios la espera en alguna parte?No, él no tiene cuerpo. Es un poder que te lleva no sabes a dónde. Y a veces te da miedo poque no sabes cómo termina ese viaje.Abuela, te van a volver a dar las medicinas para la locura que te recetaron si sigues hablando de tus viajes en esa alfombra. De dónde es, nunca te he preguntado. ¿Es persa?¡Vete de mi lado, pecador!No le hagas caso, hija. No cree en nada.Sí, en las bocas pintadas de rojo escarlata. ¿Se dice así, escarlata?Dicen que los antiguos hacían sus dibujos en las cuevas extrayendo de las piedras metales de color que dejaban grabados el tinte en ellas. ¿Tú viste las pinturas, abuela?En aquella época no había suficiente luz artificial como ahora para verlas bien. Pero era bella la poca visión que se tenía de su interior.¿Un beso?Rojo, escarlata.Hoy no, mañana.El sonido crece por minutos. Asómate al balcón a ver qué pasa.Lo de siempre, abuela. La gente que vuelve en silencio a sus casas, caminando, siempre caminando. O los que vienen de descuartizar a una vaca que se ha muerto y se llevan los pedazos a escondidas, para comerlos.Pero es que no hay nadie. Ven y mira. La calle está vacía y mira el humo y esa sombra que vienen de allí arriba. De las cuevas, de las cuevas. Cómo ladran ahora los perros, cómo retumba la calle. ¿No lo sientes?Sí lo siento.No tiene que pegarse tanto para saludarme. Casi me caigo. Para entonces me habré comprado esos zapatos de tacones altos y finos que vi en el anuncio de la revista. Estaba en una pared de una calle, creo que en Viena. Unas piernas largas cubrían toda la pared del edificio. Y en el extremo aquellos maravillosos zapatos. Sandalias con tiras entizadas a la pierna. Y esa saya. Mejor digamos falda, para que todos me entiendan. De pura seda, ondulante, sobre mis rodillas.Me siento sobre la silla junto al ventanal y cruzo las piernas. Ya es verano. Ya la sombra de los árboles cae sobre el gran cuarto. El aire frío que surge no sé de dónde, por entre las paredes, los techos, quizás los pisos, hace agradable la estancia.Pedí algo para comer en el cuarto, me dirá. Que no sea langosta, que mucho la comí. Mis amigos las cojían del mar a escondidas y las cocinábamos en la arena a media noche. Los turistas las compraban a precio de oro. Me gusta como enredas una pierna tras la otra, me dirá. Y entonces separaré ese lazo de piernas para dejar que la falda caiga entre ellas y apoyando los pies en mis altos tacones las separaré aun más. Miraré las ramas de los árboles sin atender mucho sus requiebros. Sólo sentiré mis piernas y la zona de la separación entre ellas. ¿En qué piensas?, me dirá.Si para entonces ya no pienso, sólo siento, le podría decir. Calor entre mis muslos. Esta vez el dinero todo me lo he gastado en el vestido y las sandalias. No hay encajes bajo el traje. Siento el cuerpo pegado a las sedas. Quisiera separar más las piernas, pero no me atrevo. Las vuelvo a cruzar y entrecruzar. Contengo así el flujo que sale de mi cuerpo.Miro el árbol.El ruido se hace muy tenso. Casi sobrecogedor. Así no se puede estudiar.Y esta plancha que al primer fallo de luz pierde potencia y no hay quien la recupere hasta el día siguiente.Pero necesito la falda planchada para ir al examen, abuela.Pues creo que te vas con el pantalón de mezclilla y la blusa de algodón blanca del viejo uniforme.Y el pelo sucio también, que hoy no fui a buscar agua. Se me quitan las ganas.¿De qué?De la vida.No vuelvas a repetir eso.Sí, de la vida. Ni pintura de labios tengo.No te hace falta.Abuela, el quinqué; tengo que terminar esto.Corre, corre. Mira lo que viene por ahí.No, aquí no. Sobre esa alfombra.No tienes nada, sólo tu piel.Sube el vestido con suavidad, que se restriegue sobre mi piel; apriétalo contra ella. Para sentir resbalar las sedas. Déjame quedarme con los zapatos puestos. No me los quites. Ni la pintura de labios. Déjala intacta. No me beses.Son tanques, camiones blindados, cubiertos con telas de campaña. Llevan algo que se alza hacia los cielos, Dios santo. Son cohetes teledirigidos. Corre. Mira.Déjame acariciarme con la punta del tacón. Déjame pasarlo sobre mi muslo, más acá de éste. Enterrármelo así, así.Avanzan cada vez más, se acercan, ya pasan, retumban como un huracán. De allá vienen, de las cuevas.Sí, las cuevas, las de la Bella Mar.Nunca las vi. Dicen que sus paredes destilan rojo. Rojo escarlata cuando las rajan con algo punzante. ¿Las ves? Están ahí en donde ladran los perros; ven, yo te las enseño. Sólo me hace falta que vengas tú. Sola yo no puedo entrar.

Thursday, August 12, 2010

Los días de la coleccionista


Por Miñuca Villaverde
La autora de estos relatos siguió en el tiempo y por el mundo a los protagonistas de cada uno de ellos, para alcanzar finalmente ese día preciso que marcó un algo muy especial en sus vidas. Y que la llevó desde a probarse todos los anillos de una anciana atrapada en un sistema poco amigo de la libertad, a pasar una noche tras las rejas de una cárcel sin saber por qué, o a lograr sentarse, sin permiso, en una silla tan prohibida como esos otros anillos. Y hasta a entregarse, a la sombra de un volcán, a un hombre casi desconocido que cambió su vida por completo. Muchos fueron los días ajenos que coleccionó y vivió en esos relatos y sólo dejó de hacerlo cuando tomó una decisión que llevaba tiempo evitando.
Para adquirir este libro:

Tuesday, August 10, 2010

LA BANDERA


LA BANDERA
"... ni un sólo hombre o mujer... tenía noción de haber sido derrotado."
Curzio Malaparte

Aquella noche dormía a piernas sueltas cuando un estruendo ensordecedor y aplastante me despertó. Lo sentí dentro de la Villa, en sus paredes y en el piso, presionados por una fuerza exterior. Lo sentí dentro de mi cabeza aún adormilada. Salté de la cama y salí al pasillo. Presentí lo peor. Quizás el derrumbe de la Villa por fuerzas divinas o un mandato judicial contra sus ocupantes. No era en el pasillo donde se generaba el ruido sino más allá, en el vacío que rodeaba el edificio.
Salí a la terraza. Allí el ruido era ensordecedor. Pepe A., envuelto en una sábana a lo patricio, miraba hacia abajo, a la calle. Por lo que pude ver de su rostro me pareció que estaba espantado. Me asomé al balcón. Un desfile infinito de tanques de guerra avanzaba por la calle. Y a cada paso dejaban sus huellas incrustadas en el pavimento. Por las compuertas abiertas asomaban las cabezas cubiertas con cascos de metal que mostraban las puntas de ametralladoras moscovitas y enarbolaban banderas con un silbar de aluminio.
Junto a los tanques desfilaban misiles y katiuskas erizadas de balas. Todos marchaban movidos por una voluntad ciega o quizás un destino manifiesto sin anunciaciones ni epifanías. Marchaban hacia el lugar donde se cambia la historia con batallas inútiles y lamentablemente pírricas
Los vecinos de la cuadra, del barrio y de toda la ciudad habían salido a las puertas y balcones. Con ojos soñolientos y bocas entreabiertas por el estupor, disfrutaban de un espectáculo gratuito sin sospechar que ya habían pagado de antemano el derecho de entrada. Espectadores y actores a la vez, cumplían su doble papel con la alegría del resignado. Algunos cortaban el aire con las manos a modo de saludo. Otros ondearon banderas que en medio de la oscuridad resultaba difíciles de reconocer. Eran banderas diseñadas para ciegos, que sólo podían palpar la tela y estrujarla para conocer su textura y dimensión, pero desconocían sus colores, los diseños y las insignias que hacen de un trozo de lienzo, una bandera. Se conformaban con blandirlas al viento con el gesto cansado de los moribundos.
_Están ciegos, no saben lo que hacen_
Mascullé entre dientes. La angustia me embargaba.
_Los ciegos, guían a los ciegos _sentenció Pepe A.
_¿Crees en realidad que vaya a pasar algo? ¿Qué los americanos se atrevan a atacar La Isla? _pregunté.
_No son los americanos sino los rusos nos han metido en este lío _dijo Pepe con desprecio_. Y el Máximo Líder se presta para el show.
Machito y Kary la Sola se nos unieron. Y luego, Molinaro y Hermes. MOG no apareció por lugar alguno o quizás se encontraba encerrado en su habitación para no exponer sus vulnerables pulmones a la ira que en él despertaba aquel arrebato bélico.
_Este es el final. Los americanos nos van a hacer polvo_gritó Machito.
_No creo que se atrevan. Sería una masacre, un genocidio _exclamó Molinaro con voz trémula por el miedo.
_Si los rusos no se llevan los cohetes, nos van a hacer polvo. Eso te lo seguro _sentenció Machito.
_Nos van a movilizar a todos. Ya lo dijeron. En pocos minutos seremos carroñas. Hiroshima en el trópico. Pero no importa. ¡Aquí estamos!_gritó Pepe A. a la muchedumbre_. ¡Enfrentaremos los aviones cargados de armas nucleares con el mejor espíritu deportivo! Yo, por mi cuenta, me pasaré al bando enemigo, me acostaré con los soldados y les pegaré una gonorrea. Cada cuál usa sus propias armas en un momento como éste.
Todos reímos el buen humor de Pepe. A en medio del descalabro atómico en que nos encontrábamos. Nuestra risa no era más que el reflejo de la de todos los habitantes de La Isla, que se reían como retando el estupor ante una muerte terrible. Pero el estupor se convirtió en alegría con las primeras luces del amanecer cuando los tanques comenzaron a brillar bajo los rayos de sol y sus destellos hirieron los ojos de sus espectadores.

Por las compuertas de los tanques asomaban cabezas cubiertas por cascos de metal que se erguían y mostraban el torso cruzado por bandoleras erizadas de balas. Sonreían al paso. Algunos alzaban los brazos y los agitaban a modo de saludo triunfal. Aquel día no circularon los vehículos acostumbrados, ni el transporte urbano, ni las carrozas fúnebres en su peregrinar al cercano cementerio. Aquel día fue sólo para los tanques.
Faltaban pocos momentos para que el sol se entronara en medio de un cielo desnudo de nubes y aún no terminaba el desfile de armamentos. El clamor popular crecía y algunos se atrevieron a lanzarse a la calle, jubilosos ondeando sus banderas y gritando consignas que se perdían con el estruendo de los hierros. Entonces vi a Paulina, la vieja presidenta del Comité de Defensa, lanzarse al ruedo con la determinación de un espontáneo. Cruzó de un salto la distancia que la separaba del centro de la calle y agitando una bandera roja con la destreza de un taurómaco, se enfrentó jubilosa a uno de los tanques.
El proceso de trituración fue lento y sistemático. A cada paso de la estera dentada, el cuerpo de Paulina iba desapareciendo bajo los garfios de hierro. Primero fueron los pies porque, al pretender huir de la embestida, la vieja resbaló y cayó a lo largo mirando al cielo sin nubes. La dentellada continuó su voraz encuentro engullendo las piernas flacas y aplastando el vientre, no sin un ligero ladeo bajo la dureza de los huesos pélvicos. Después fue el estómago. Reventó lanzando las entrañas por los aires e incrustándolas en las paredes de las casas y en algunos rostros de los espectadores. El pecho fue la faena más dificultosa. El tanque se empinó sobre el costillar de la vieja y después de un crujir de huesos tomó la plaza. El corazón quedó palpitante y abierto. Siempre se ha dicho que el cráneo explota como una calabaza, pero en esta ocasión el símil no se cumplió. Las cuchillas de la estera fueron cortando en rebanadas la cabeza de la vigilante, de tal forma que la boca, la nariz, los ojos y la frente podían separarse en partes iguales y volverse a componer como eran antes.
La parada continuaba y una tras otras las esteras de hierro pasaron sobre los despojos de Paulina. Los vecinos de la cuadra esperaron hasta la caída de la tarde, cuando el desfile de armamentos terminó, para acercarse a Paulina o más bien, a la fina tela en que se había convertido. Unos lloraron y otros rieron y hubo quien celebró el final de la vieja. Ya Paulina no informaría más a la policía secreta los delitos contra las propiedades del Estado, las reuniones ilícitas, los huéspedes no autorizados, las fiestas a deshora, los regresos a deshora, las levantadas a deshora, las siestas a deshora, los paquetes misteriosos, las ropas extranjeras, las orientaciones sexuales, las relaciones con extranjeros, los plantes ñáñigos, los rogamientos de cabezas, las comuniones eclesiásticas y las ansias que tenían de preservar su individualidad los residentes de la cuadra.
Uno de los miembros del Comité sintió la obligación de recoger los despojos. Trató de despegar la tela que era Paulina, pero ésta se mantuvo firme pegada al pavimento. La masa de huesos y vísceras trituradas había dibujado un atractivo diseño en la tela. Mongo, un sepulturero del cercano cementerio, se acercó al ruedo pala en mano y apartó a empujones a los curiosos. Con la habilidad que da años de cavar fosas, insertó la pala en uno de los bordes de la tela y la despegó del pavimento con delicados golpecitos. Los demás ayudaron al sepulturero, tomaron la tela por los bordes y la fueron levantando a medida que se despegaba del pavimento. Así pudieron comprobar lo fino y delicado del tejido, que traslucía los rayos del sol.
Finalmente, Mongo enarboló lo que había quedado de Paulina y entonces atónitos descubrieron la verdadera naturaleza del tejido y sus diseños. Se trataba de una bandera. Diferente a las otras que ondeaban en las astas de la ciudad. Nueva y desconocida, ostentaba una fulgurante estrella solitaria en medio de un corazón abierto. Franjas multicolores la atravesaban para coincidir en un triángulo negro y profundo como las fosas que Mongo abría cada día en el cementerio.
El júbilo corrió por la cuadra y pronto todos los vecinos se unieron a la comitiva que enarbolaba la bandera. Levantaban los puños al cielo cargado de bombas nucleares y vociferaban su conformidad con el holocausto. A la gritería se sumaron los negros de El Fanguito, quienes a paso de Mozambique desfilaron llevando en alto la bandera. Pasearon su trofeo cuadra arriba y cuadra abajo durante todo el día. Al anochecer, exhaustos de tantos aspavientos y delirios, decidieron regresar a sus casas, no sin antes envolver la bandera como se debe y guardarla en una caja de cartón de leche condensada a modo de cofre. Al día siguiente, después de una reunión con todos los vecinos, Mongo, el sepulturero, fue elegido el nuevo presidente del Comité de Defensa de la Revolución. Y Paulina fue proclamada en bandera e insignia patriótica de la cuadra.
A los pocos días, los moscovitas retiraron sus ojivas nucleares de La Isla a cambio del desmantelamiento de otras similares que el vecino imperialista tenía en Turquía y de la promesa, por parte de los americanos, de no invadir La Isla con el propósito de derrocar al Máximo Líder. La tranquilidad regresó a las calles y la población se incorporó a la faena cotidiana de sobrevivir, ignorando u olvidando rápidamente los sucesos que pudieron hacer volar el mundo.

(fragmento de la novela VILLA MISERIA, de Sergio Giral)